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sábado, 27 de septiembre de 2014

NACIONALISMO: DEL PARLAMENTO A LA CALLE

No hay nada mas cobarde que el dinero, dicen los que se dedican a las finanzas. Solo tenemos que comprobar como la más trivial de las noticias o incluso rumores afectan las decisiones de los inversores y arrastran a los mercados de valores internacionales. Esto es así porque el desarrollo económico necesita seguridad. La atracción de inversiones, el empleo, el desarrollo, la  prosperidad de un país están íntimamente ligados a la seguridad y estabilidad que sus instituciones pueden ofrecer a sus ciudadanos y empresas.    

La seguridad jurídica es posiblemente el elemento que marca la diferencia de una forma más clara entre los países desarrollados y aquellos en vías de desarrollo, y en esa materia España ha demostrado numerosas veces ser un campo minado. Las primas a las renovables, la urbanización del litoral fuera de ordenación, los eternos plazos administrativos, o una maraña competencial que constituye una auténtica ginkana para los inversores, son solo ejemplos de esta realidad.

No obstante, no hay mayor inseguridad jurídica, mayor inestabilidad, mayor riesgo aparente y real que el que se deriva de poner en cuestión los pilares básicos de nuestro Estado de Derecho, de nuestro ordenamiento, de nuestra convivencia..., y esto es algo que el pulso secesionista catalán está haciendo sin reparos ni paliativos. Un país que se sigue preguntando quién es, es terreno abonado al subdesarrollo.

Frente a esta realidad está el paraíso imaginario de la paleo izquierda. Los que aspiran a un mundo ideal mil veces experimentado y mil veces fracasado, en el que un estado benefactor planifique la economía, limite las libertades individuales en beneficio de la comunidad, en el que la propiedad privada esté supeditada al Estado, en el que se fijen sueldos, se repartan bienes y servicios. Ese comunismo cavernario, disfrazado de progresismo, pintado de verde, morado o rojo, etiquetado bajo novedosas marcas, edulcorado si es necesario para encajar con mayor facilidad en la mercadotecnia de las ideas, necesita justo lo contrario: la revolución necesita agitación social, descontento, indignación, cabreo generalizado, injusticia, subdesarrollo, paro, miseria. Solo en ese caldo de cultivo puede ofrecer sus soluciones y extenderse. La revolución es incompatible con instituciones democráticas, a las que no pretende reformar, sino destruir. La izquierda revolucionaria se desenvuelve mejor en las calles. Prefiere las plazas a los parlamentos, las huelgas a los acuerdos, el paro al empleo, las barricadas a las mesas de diálogo... En este sentido se entiende perfectamente que se apunten a cualquier movilización, que estén pancarta en mano al frente de lo que sea sin dejar pasar ninguna oportunidad de agitar la coctelera.



En España, a lo anterior se suma otro hecho singular: nuestra extrema izquierda se avergüenza de su país. A diferencia de lo que ocurre en otros lugares, donde sus comunistas no renuncian al patriotismo, en España, cuarenta años de dictadura, y una transición que no permitió la venganza por ellos anhelada, han servido, sirven y seguirán sirviendo como excusa para que les produzca sarpullidos cualquier símbolo nacional, cualquier elemento de unidad y de defensa de lo común.

Considerando estas dos cuestiones es normal que la izquierda española haya hecho suya sin ningún matiz las reivindicaciones nacionalistas de independencia, aunque no haya nada más reaccionario, menos progresista y más socialmente injusto que el nacionalismo. Solo esto explica que desde la izquierda se puedan priorizar los derechos de los territorios a los de los ciudadanos, los de los "pueblos" como realidades culturales frente a los del pueblo soberano jurídicamente constituido. Esto explica que desde IU o Podemos se defienda el derecho a autodeterminación de territorios dentro de un Estado de derecho, algo que la propia ONU sólo reserva a aquellos pueblos que sufren una persecución o discriminación extrema y sistemática (resolución 2625 (XXV)).

El nacionalismo no es más que una de las más rancias formas de populismo, y como todos los populismos tiene en común la tentación de ofrecer explicaciones simples a problemas complejos: para la ultraderecha francesa de Lepen son los inmigrantes, para los yihadistas los infieles, para los euroescépticos es Europa, para Beppe Grillo son los políticos, para Podemos o IU, el capital, la banca y el libre mercado, y para los independentistas catalanes, es España. Todos tienen a mano la explicación a todos los problemas y un dedo acusador presto y bien afilado. Y de entre todos los populismos, el nacionalismo es el más peligroso, es remar hacia atrás en el río del devenir de la historia de la Humanidad, aunque una izquierda que sigue persiguiendo su Revolución y en España venganza, lo vea como un aliado circunstancial interesante que puede ayudarles a alborotar el gallinero, ignorando que el nacionalismo es lo más alejado del progresismo que dicen defender. Es el "regresismo", el regreso a unos siglos XIX y XX que contaron por millones los muertos en la vieja Europa, algo que parece no importar a estos defensores de la "justicia social". 

Por eso, claro que a IU y a Podemos les interesa el proceso independentista catalán, les interesa en la medida en que pueda derivar en disturbios, en caos, en agitación social... Necesitan jugar en casa, en ese terreno en que se desenvuelven como pez en el agua, en ese río revuelto. 

Lo que es más difícil de entender es que las clases medias catalanas hayan sido afectadas por este virus. Que a los votantes de CiU, empresarios, comerciantes, industriales, alumnos de escuelas de negocio, investigadores, universitarios, funcionarios, personas de orden, con hijos, casas, hipotecas, sueños, personas que tienen algo que conservar, los hayan llevado al huerto independentista, no tiene ningún sentido. Animados por las emociones identitarias, legítimas y humanas, enfervorecidos por la pasión de la defensa de lo propio, de lo culturalmente propio, están haciendo el juego a los que desprecian las libertades de las que gozamos.

¿De verdad creen que la independencia saldría gratis? ¿Cómo han podido dejar que la emoción les nuble la razón? Deberían saber que la economía puede aguantar un día al año de "uves", cadenas o manifestaciones, pero no las soportaría varias semanas, deberían saber que los contenedores y autobuses quemados en las calles y los pasamontañas no gustan ni en Wall Street, ni en la City de Londres (y sí, los centros financieros internacionales influyen en nuestro bienestar), deberían percatarse que las decenas de miles de cruceristas que se pasean por las Ramblas todas las semanas lo pueden dejar de hacer. ERC se frota las manos con esta perspectiva, no por la independencia, que solo es una meta volante, sino porque ese es campo abonado para el nacimiento de ese Estado Protector que anhelan dirigir. Y recordemos que los sacrificios humanos jamás les han importado, a fin de cuentas ¿qué son para los arquitectos sociales unas miles de abejas en una colmena?






jueves, 12 de septiembre de 2013

PROVINCIANISMO


Resulta triste comprobar cómo la lógica nacionalista, en su variante provinciana más casposa,  ha sido internalizada en la sociedad hasta niveles insospechados. Es esa lógica que dice que el oriundo de un territorio determinado va a querer y saber defender los intereses de ese territorio como no lo haría un foráneo.

Otra enfermedad social, más grave si cabe, es la de la normalización de la corrupción, y no me refiero a la corrupción delictiva, la que es penalmente punible, sino la de baja intensidad, esa microcorrupción de lo habitual, del diario. Un profesional que no pone el máximo celo en su trabajo, que no es objetivo y justo, que practica trato de favor, aunque no cometa delito, es un pequeño corrupto.

En este sentido los funcionarios y los cargos públicos se deben única y exclusivamente a la ley, y debería ser inconcebible que tuvieran criterios distintos en el ejercicio de su función en virtud del destinatario del mismo, o peor aún, su origen territorial.

Pues bien, ahora díganme cual es la lógica que ha hecho a los empresarios almerienses denunciar públicamente que la recién proclamada presidenta de los andaluces, Susana Diaz, ungida por el precorrupto Griñán y avalada por 20.000 estómagos agradecidos, no haya designado a ningún consejero almeriense.

¿Están insinuando que el mejor o peor trato que reciban los almerienses de la Junta depende de que exista un almeriense en el consejo de gobierno? ¿Cabía esperar que la presencia de un consejero almeriense pudiera permitir a los empresarios de esta provincia alguna ventaja? ¿Están diciendo que los consejeros no almerienses no van a tratar bien los proyectos de Almería?

El mensaje no puede ser más desolador. Que una parte de la sociedad lo haya internalizado es dramático.

Es el mismo mensaje que dice que la costa o los ríos se gestionan mejor desde la cercanía del territorio que desde Madrid; es el mensaje que dice que la Expo 92 se hizo en Sevilla porque Felipe Gonzalez era sevillano, o el centro neurálgico de la DGT está en León porque Rodriguez Zapatero así lo quiso y es normal que así sea; es el mensaje que dice “defiende lo tuyo, porque nadie lo defenderá como tú” y, lo peor, es el mensaje que dice: “es legítimo que ya que has llegado a ese puesto ayudes a los tuyos, a tu familia, a tus convecinos, a tu pueblo o a tus compañeros de partido”.

Esta normalización de lo que no debería ser normal es desoladora, al menos es desoladora para un ciudadano que espera que los profesionales cumplan con su trabajo objetivamente, y los cargos públicos sean ecuánimes, para un ciudadano que estaría encantado de tener un ministro de educación finlandés o uno de industria alemán, pues está en el convencimiento de que es mejor una buena cabeza con principios y experiencia que un patriota descerebrado.

Lo de las cuotas territoriales en los partidos es otro concepto a superar, y del que UPyD por fortuna ha nacido liberado. El día que necesitemos un representante territorial en un determinado órgano para sentirnos representados, este partido habrá dejado de representar personas, ideas y principios, para representar parcelas de poder, lo que no sería otra cosa que un reflejo del clientelismo interno que impera en otros partidos. Ese día no ha llegado, sigue lejos.

Susana Diaz sabrá cuanto debe a los socialistas almerienses, y cómo va a pagar ese apoyo. Los almerienses magentas en cambio saben que no necesitan representación como almerienses, porque todos nos representamos a todos en la medida en que defendemos lo que nos une, la regeneración democrática y una concepción pragmática de la gestión de lo público y la política.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

ANDALUCÍA Y EL NACIONALISMO

Sólo los más viejos han conocido situaciones en Andalucía peores que las que estamos viviendo en este 2012.

Los andaluces tenemos muchas razones para estar preocupados, seriamente preocupados. La tasa de paro en el tercer trimestre ha llegado al 35,42%, lo que supone casi un millón y medio de desempleados (exactamente 1.424.200). Esta es la mayor tasa de paro de la historia de Andalucía, superando en más de un punto el record histórico de 1994. Los datos más dramáticos, lejos de atenuarse, se agudizan. Ya superan las 750.000 (757.600) las personas que llevan más de un año buscando trabajo y son 456.600, muchos más que la media española, los hogares con todos sus miembros en paro.

En cuanto al tejido empresarial, operan en Andalucía (58,4) unas diez empresas menos por cada mil habitantes que por término medio en el conjunto del país (68,9), muy lejos niveles de Cataluña (79,8), Islas Baleares (78,6), Comunidad de Madrid (77,3) o País Vasco (75,8).

Es innegable que existen innumerables razones para estar indignados. Sólo tenemos que salir a la calle para tropezarnos con centenares de ellas en cada esquina, en cada barrio, en cada centro asistencial….

Pese a ello los andaluces no hemos recurrido a buscar a culpables externos de lo que nos pasa. Al pueblo andaluz se le puede acusar de muchas cosas, entre otras y posiblemente la más grave, de haber mantenido durante 30 años en el poder al mismo partido y con él a su régimen, su orden de cosas y su sistema de sedación controlada de la sociedad civil y la actividad económica, pero no se le puede acusar de incoherencia, deslealtad o estrechez de miras.

Los andaluces llevamos milenios siendo invadidos pero nunca conquistados, pues siempre hemos acabado conquistando a nuestro invasores y haciéndolos parte de nosotros, sólo hay que darse una vuelta por la Costa del Sol, por el Albaicín, por el poniente almeriense, para comprobar lo que significa integración.

Los andaluces hemos vivido en nuestra historia reciente episodios que nos podrían haber llevado a un nacionalismo reaccionario y desleal, algo que nunca ha ocurrido porque en esta tierra estamos vacunados contra esa enfermedad desde la época tartésica.

Uno de estos acontecimientos fue la implantación de la Ford Motor Company en la ciudad de Cádiz, entre 1919 y 1923. En aquella ocasión, la decisión de implantar una fábrica Ford en la capital gaditana dependió de un directivo americano, quien prefirió realizar la inversión en Cádiz en lugar de en Barcelona porque aquí «hay abundante mano de obra y la ciudad está libre de problemas laborales», según reza en un texto de los archivos de la firma, investigado por Manuel Martínez. En aquellos tiempos Ford estaba interesada en implantarse en un importante puerto español por su situación geoestratégica, para suministrar la zona sur de Europa y norte de África. El 26 de marzo de 1920 nació la Ford Motor Company, Sociedad Anónima Española, con un capital de medio millón de pesetas. Durante los tres años que la firma americana ensambló en Cádiz las piezas de sus coches, la relación entre la multinacional y los 300 gaditanos empleados fue perfecta. El 5 de abril de 1920 salió el primer coche Ford montado por los gaditanos y en el primer ejercicio se alcanzó una media de producción de unos 30 vehículos al día. El personal de la fábrica cobraba entre 12 y 24 pesetas y, como novedad en la época, podía invertir hasta un tercio de su salario en acciones de la empresa. El final de la historia la precipitó el Ministerio de Hacienda español (si espanyol, perquè Espanya ens roba també a nosaltres), según narra Martínez en su libro, que no quiso respetar el acuerdo que beneficiaba a la firma norteamericana con exenciones de impuestos propias de una Zona Franca (entonces, Depósito Franco). Los desencuentros con la administración pública española y una mejor oferta de Barcelona, donde todo fueron facilidades, terminó con la marcha de Ford a la Ciudad Condal.



El caso de Málaga fue mucho más sangrante. Como explica Juan Antonio Lacomba, en 1831 se construyeron en Málaga los primeros altos hornos así como instalaciones de afinado que llegaron a dar trabajo a 2.500 personas y que constaban en 1848 de tres altos hornos, veinticuatro hornos de afino, varios hornos para recalentado y tratamiento de hierro, cobre y otros metales, talleres de laminado, construcción de máquinas, etc. En su mismo recinto surgió una importante industria química que fabricaba ácido sulfúrico. Junto a la actividad siderúrgica, el textil se convirtió en el otro gran pilar del desarrollo económico, con la “Industria Malagueña S.A.” dedicada a la fabricación de hilados y tejidos de algodón, lino y cáñamo seguida, diez años después, de una segunda fábrica algodonera “La Aurora”, como buques insignia. Junto a ellos otras factorías completaron el panorama industrial: la litografía, los curtidos, las pinturas, la sombrerería y toda una serie de industrias alimentarias entre las que las azucareras, los vinos y los licores ocupaban un lugar preferente. En esos años la provincia de Málaga ocupaba en concepto de contribución industrial el segundo puesto en el conjunto de la economía española, por detrás de Barcelona, y se situaba a la cabeza o en posiciones muy destacadas, en sectores de tanta relevancia como la química, la siderometalúrgica y construcciones mecánicas. Posteriormente, ya en el primer tercio del siglo XX, se convirtió en un gran centro de refino, envasado y exportación de aceite de oliva, arrastrando con ello al sector de la fabricación de envases. De igual modo, la metalurgia y las construcciones mecánicas se encontraban en plena actividad. Además de múltiples talleres se crearon importantes empresas como: "La Unión", la "Vers" y la Sociedad Minero-Metalúrgica "Los Guindos", dedicada a la fabricación de plomo. La actividad química se convirtió en el pilar básico de la estructura industrial malagueña de estos años, de la mano de los abonos minerales, y más específicamente de los superfosfatos, se creó una nueva industria química moderna: Unión Española de Explosivos, CROS y San Carlos, que aportaron en estos años una de las partidas más importantes de la balanza comercial malagueña.


No sería justo echar toda la culpa de la paulatina y absoluta desindustrialización que a lo largo del siglo XX sufrió la provincia malagueña a la dictadura de Franco, al centralismo madrileño, a la economía programada que decidió que al textil se debía dedicar Barcelona y a la siderurgia el País Vasco, y que los malagueños mejor se ocupaban del turismo, de servir copas y hacer camas porque tenían más gracejo. No sería justo porque seguro que los malagueños también tuvieron parte de culpa de lo que pasó y porque el turismo ha llegado a ser afortunadamente el pulmón económico no de Málaga sino de toda España, pero debemos coincidir en que si esta tierra no hubiera estado vacunada de la enfermedad del nacionalismo sí habría sido esa la única explicación, el único culpable “exterior”.

Como éstos hay centenares de ejemplos que jalonan la historia y el territorio andaluz, y que en conjunto pueden explicar parte de la situación actual, pero que jamás los andaluces hemos utilizado como coartada para buscar afuera las causas de nuestras propias miserias.

Y no lo hemos hecho porque sería injusto, desleal, de muy cortas miras y sobre todo falso. El sentimiento nacional andaluz es lo que es, un sentimiento, y como tal se expresa en la cultura o en el arte, y no se lleva al terreno de la organización política. Y eso ocurre porque este pueblo sabe que para hacerlo tendría que violar la racionalidad, que en un sentimiento nunca va a encontrar una solución a sus problemas, porque sabe que juntos somos más fuertes y que lo que toca ahora es construir Europa. Y que ningún malnacido piense que a ello obedece un sentido parasitario de la vida, que no recuerde ni el manido PER ni a las gallinas y sus pitas pitas, porque aunque los mecanismos de control deben ser rediseñados y los criterios replanteados, alguien puede tener la tentación de recordar que la minería del carbón o el sector del automóvil llevan acumulando durante décadas subvenciones públicas que superan con creces las recibidas por el mundo rural andaluz o extremeño.

Porque digan lo que digan los profetas mesiánicos, la realidad es que en Andalucía en estos momentos hay 2.597.000 personas trabajando, pagando impuestos y cotizando a la Seguridad Social y en Cataluña 840.400 personas paradas, a las que el Estado garantiza sus necesidades básicas, subsidia y ayuda, y a ningún cretino se le ocurre decir que esos 2.597.000 andaluces mantienen a esos 840.400 catalanes, porque no es cierto, igual que tampoco mantienen a los parados andaluces, murcianos o gallegos, porque todos, uno a uno, contribuimos a ese fondo común de contingencia que son la Hacienda Pública o la Seguridad Social españolas y todos lo hacemos de igual forma en la medida en que sólo de forma individual somos sujetos de derecho, contribuyentes, administrados, ciudadanos libres e iguales (perdón, todos no, los españoles que habitan en el País Vasco y Navarra por no se sabe bien qué leches de privilegios ancestrales anacrónicos que ni PP ni PSOE quieren revisar, se salen de la cuenta común).

En 1986 cuando se formalizó la entrada española en la UE, los criterios que aplicaron al conjunto nacional y que han permitido a España beneficiarse de los fondos comunitarios de desarrollo regional, fueron los que fueron porque se tomó la media nacional, media de la que se escapaba Cataluña por arriba, por lo que de haber sido independiente en 1986 no habría recibido una sola pela, de las que también han regado los campos, las comarcas o las veguerías catalanas durante estos años.

Y así las cosas, como esa familia pobre y numerosa preconstitucional que con el esfuerzo de todos consiguió pagar los estudios del hermano mayor a expensas de que el resto se quedara en casa ayudando a la economía familiar, tenemos que presenciar ahora como el hermano médico funcionario del Estado y con consulta privada, pretende olvidar sus orígenes, ignorar que lo que consiguió lo fue por el sacrificio de todos y apartarse del resto haciendo como que no nos conoce.

Sea por convencimiento propio o por que haga las cuentas mejor y compruebe que no le interesa renunciar a la hacienda familiar, a la finca del pueblo y a cualquier otra cosa que pudiera heredar, evidentemente esto no puede ser, ni va a ser, pero para asegurarnos de ello, en esta tierra cuna de Averroes o de Trajano tendremos que patentar nuestras vacunas contra el nacionalismo y empezar a producirlas en serie, distribuirlas por toda España, y de camino mandar un buen cargamento, lo paguen o no, a la Alemania nacional-liberal de la señora Merkel.

domingo, 11 de mayo de 2008

POR QUÉ NO SOY NACIONALISTA

Ser antinacionalista significa algo más que criticar los planteamientos de los partidos que se definen como tales, pretendiendo mayores beneficios para sus territorios, mayores cotas de autogobierno o, en último caso, persiguiendo la idea de la independencia, entendida como la generación de un nuevo estado, libre o no, asociado, o no, a aquel del que forma parte.

No se puede atacar al nacionalismo catalán o vasco desde el nacionalismo español, centralista y uniformador de ideas y sentimientos. UPyD debería hacer todo el esfuerzo posible en dejar clara su posición al respecto del nacionalismo, de todo nacionalismo, por principio.

Ser antinacionalista es entender que los pueblos no son sujetos de derecho, ni mucho menos los territorios, es entender que los seres humanos que viven en la mayor parte del trozo de Eurasia que hemos dado en llamar península ibérica, (en adelante les llamaremos españoles), son los únicos sujetos de derecho, uno a uno.

¿Si la agrupación de todos los rubios, todas las mujeres, los aficionados a la petanca, los que miden más de 1,80, o los mileuristas no da lugar a un colectivo, partido político u asociación civil que exija derechos especiales y autogestión para la defensa de sus intereses y sus hechos diferenciales, por qué lo genera la agrupación de los individuos que viven en una determinada zona del territorio? ¿De qué naturaleza son los fundamentos de esas identidades colectivas, esos sentimientos nacionales, organizados de una forma más o menos racional y conducidos por los profesionales de la manipulación de masas a expresiones de índole político?

Evidentemente hay patentes diferencias entre los seres humanos que viven en los valles que existen entre el mar y el sector oriental de la cordillera cantábrica (creo que se denominan vascos), y los seres humanos que viven la depresión prelitoral murciana, ese amplio valle de orientación suroeste - noreste, entre el Mediterráneo y las estribaciones orientales de las Cordilleras Béticas (creo que los llaman murcianos). Su historia, sus costumbres, son claramente distintas. Incluso sus apellidos, su lengua, la forma en que se divierten, la gastronomía, es diferente.

La cuestión es si estas diferencias culturales para manifestarse, para pervivir y reafirmarse han de tener un reflejo en la política. Y si de hecho lo tienen, ¿esas expresiones políticas de las diferencias culturales se producen de forma natural, inevitable, o forman parte de un propósito orquestado por voluntades que de forma activa trabajan para alimentarla?. Y si se producen por que existen voluntades que de forma activa trabajan para alimentarla, ¿lo hacen animadas por fines nobles y puros en defensa del sentimiento colectivo y el interés general o lo hacen como forma de justificar su propia existencia, de reinventarse cada día, cada legislatura y seguir formando parte del sistema?

Y en estas estamos.

Cuando escandinavos, neerlandeses, bretones, transalpinos, helenos, germanos, galos y celtíberos hemos por fin entendido que la ampliación del marco político sólo nos puede traer ventajas, cuando deberíamos estar trabajando todos en la posibilidad, por fin cierta, con muchos siglos de retraso y millones de muertos en el camino, de diluir la identidad nacional española, francesa o alemana en una realidad política superior llamada Europa, todavía existen individuos poniendo todo su empeño en la generación de nuevas identidades nacionales de índole político, apoyadas en la base de viejas, firmes e incuestionables identidades culturales.

Porque nadie en su sano juicio puede atacar o ningunear la identidad cultural de los pueblos, esa identidad que no hay que crear ni defender porque es natural, sólida, porque resiste el devenir de los tiempos, dictaduras incluidas. Nadie puede evitar que el 24 de diciembre haya familias en Cataluña que caguen el 'tió' leyendo versos de Josep Carner en catalán y otras en Andalucía canten villancicos flamencos zambomba en mano. No es posible evitar que a los niños que se les caen los dientes en un lugar se los cambien por regalos los angelets y en otros lugares sea el ratoncito Pérez el que desarrolle tan importante labor. Esa identidad sobria, auténtica, real no corre peligro, no necesita patriotas que la defiendan. Esa cultura, sin leyes que la promuevan, se extiende sustentada en la firmeza de lo auténtico. Este andaluz de Cádiz, con catorce años, sin haber pisado Cataluña, y sin ninguna relación familiar con ella, cantaba el Plany al Mar de Serrat o la Tieta sin entenderlos plenamente, quería aprender catalán para captar los matices. Este andaluz se alegraba de las victorias del Barça y las sentía como propias. Ahora que están catalanizando el club, ahora que ya sabe que Cataluña es esa nación entre Francia y España y que el Ebro es un río catalán que nace en el extranjero, está sorprendido de la capacidad que tienen los políticos de generar sentimientos, los que pretenden y los contrarios.

Si alguien interpreta el planteamiento antinacionalista de UPyD como un españolismo reaccionario es que no ha entendido nada. Cuando Rosa Díez dice que defiende la bandera española como un símbolo de orden constitucional y no un valor sentimental, dice lo que dice, que en esta zona de Europa, en tanto en cuanto no seamos capaces de seguir avanzando en la conformación del estado europeo, el más amplio marco de libertad nos lo otorga la constitución española, y sólo por eso la tenemos que defender. Pero no perdamos el norte, la Constitución española no es un fin, no es más que un medio que sirve para garantizar derechos y libertades civiles, a cuarenta y tantos millones de seres humanos, y en UPyD somos muchos los que trabajamos para que un día podamos prescindir de ella, para que llegue el día en que el marco político más amplio, aquel que nos permita desarrollarnos más y mejor como personas libres e iguales, para convivir y trabajar en las mejores condiciones, aquel que sea el garante de nuestras libertades y derechos sea Europa y no España. La idea de España, parafraseando a Savater, a muchos nos la trae al pairo. Si a todos los convergentes, peneuvistas, abertzales y ezquerrorepublicanos les importara sus respectivos objetos de inspiración política, lo mismo a que a otros nos importa España, no tendríamos nada por lo que discutir. Por eso acusarnos de españolistas resulta ridículo y cuanto menos injusto. Y tampoco deberíamos quedarnos ahí, la abortada Constitución Europea, no es más que un paso intermedio, otra parada y fonda en el largo camino que nos ha de llevar como Humanidad a una organización política avanzada, en el que el único código ético que los seres humanos hemos sido capaces de generar, que no de aplicar, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sustente un marco legal internacional real de relaciones y normas jurídicas para todos.


En esta línea de pensamiento, ¿cómo podemos entender a los Laportas, Roviras, Ibarretxes, Quintanas, Ynestrillas o Díaz de Mera? Son la misma cosa. Son esos a los que se les eriza el pelo, a los que le corre cosquilleo de emoción por la columna vertebral cuando oyen las notas de un himno o ven ondear una bandera. Son esos capaces de interpretar la historia a su conveniencia, hacer lo imposible porque los niños, de los ámbitos territoriales donde ejercen su poder, o les gustaría ejercerlo, sean adoctrinados en el sentimiento nacional que a ellos les anima. Son esos que del idioma, la más compleja y bella expresión de una identidad cultural, pretenden hacer una herramienta de identidad política. Hay que ser ruin y mezquino para tirar de sentimientos para ganar elecciones, pero sobre todo es una muestra de escasez de ideas. Cuando se carece de argumentos racionales, nada mejor que potenciar los sentimientos nacionales.

Evidentemente nos los entendemos. En UPyD somos muchos los que ya hemos superado ese sentimiento. Nos erizan el pelo otras cosas, la justicia, la libertad, la razón, la ilustración, el humanismo, la cultura, el medio ambiente. Ese sentimiento colectivo que nos reafirma como miembros del mundo civilizado, el mundo que se encuentra en internet, el mundo que ha abolido la pena de muerte, el mundo que entiende que derechos como la educación o la sanidad deben ser garantizados por la Sociedad, y no pueden quedar al albur de la suerte, la capacidad de trabajo o la inteligencia de los padres, el mundo que sabe que el esfuerzo individual por la superación y el bienestar propio es el único motor de la economía, el mundo que sabe que ni el liberalismo salvaje ni el socialismo intervencionista, son soluciones por sí mismos a los problemas que plantea el desarrollo humano, el mundo que sabe que la fe es algo privado que merece todo el respeto y se debe vivir en el seno de las familias o la comunidad, pero que nunca ha de contagiar al Estado, al que sólo la racionalidad debe animar en su acción de gobierno.


Muchos sabemos que la política noble es aquella que tiene a las personas, a los ciudadanos como única preocupación; entendemos que no podemos hacer del territorio un hecho político; entendemos que el nacionalismo, ningún nacionalismo, es política, puede ser politiqueo, mercadeo de recursos públicos, pero política con mayúsculas no; entendemos que debemos combatir la idea de que los ciudadanos que viven en los territorios cuyo conjunto de habitantes más pagan, más tienen que recibir. Ni los territorios ni los pueblos pagan a Hacienda, lo hacen los individuos, las personas físicas y jurídicas, una a una. Las mismas razones que esgrime Cataluña para cambiar el modelo de financiación, pueden tener un día los barceloneses para reclamar ante la Generalitat un trato mejor que los del Maresme, que seguro aportan menos al arca común. Y después será la Asociación de Vecinos de Pedralbes ante el ayuntamiento, reclamando recibir mejor trato que los del Raval, que pagan menos. Y seguro que en Pedralbes hay "hechos diferenciales" bestiales con respecto al Raval.

Y lo que decimos en España ante la actitud de los nacionalistas internos, lo debemos decir en Europa ante los nacionalistas con Estado. La Europa del mercadeo comercial, la de los euroescépticos, no es la Europa que queremos muchas de las personas de UPyD. Creemos que trabajar por una Europa fuerte y sólida, en torno a valores y principios humanistas, es bueno para la Tierra. Es bueno dar ejemplo de civilización a los que se creen paladines de la libertad y siguen asesinando a los presos, a los que no respetan los derechos humanos en una base militar de una isla caribeña, y a los que no los han respetado nunca aunque crezcan al 7% y celebren olimpiadas, a los que gobiernan con el Corán, la Biblia o la Torah, en vez de con los Derechos Humanos, como referencia, y también, sin duda, muy bueno para esos bípedos que viven a sur de los Pirineos (perdón, creo que ya dije que iba a denominarlos españoles).