lunes, 27 de septiembre de 2010

Farándula, cultura y política

“Yo no maldigo mi suerte, porque minero nací, aunque me ronde la muerte, no tengo miedo a morir …”, así se expresaba en 1955 Antonio Molina uno de los más grandes cantantes que ha dado este país. No se me ocurre una forma mejor y ciertamente bella de manifestación del conformismo, de la docilidad, de la resignación y de defensa de los valores del régimen político que los españoles padecíamos en 1955.

No es desde luego el único ejemplo, el poema Trigo Limpio de Rafael de León, que Pepe Pinto interpretó con enorme éxito en 1950, ha pasado a la historia como posiblemente la más brutal escenificación del machismo reinante en la España nacionalcatólica de la época.

Ni Pepe Pinto, ni Antonio Molina, ni ninguno de los grandes artistas de la copla que triunfaron en los 40, 50 o 60 sentían ninguna necesidad de denunciar las injusticias del régimen franquista. Muy al contrario, formaban parte de un sistema al que estaban perfectamente adaptados. No tiene sentido morder la mano que te da de comer, pensarían aquellos artistas españoles de mitad de siglo XX. Siempre es más fácil vivir conforme a los cánones establecidos, formar parte del rebaño y aprovechar las ventajas que inevitablemente proporciona el apego al poder.

También el Nuevo Estado (como por entonces se denominaba al régimen de Franco), sintió una inmediata preocupación por la industria cinematográfica, cuya incidencia política y social era especialmente importante. Por eso, desde 1940, se dedicó a estimularla, mediante distintos sistemas proteccionistas, que cineastas como Florián Rey, Benito Perojo, o Edgar Neville supieron aprovechar.

Al régimen de Franco le llegó su hora. Llegó un momento en el que la necesidad de libertad era tal, la atmósfera tan irrespirable, que el mundo de la cultura acabó reaccionando. Entonces aprendimos que “si yo tiro fuerte por aquí y tú tiras fuerte por allí, seguro que cae, cae, cae, y podremos liberarnos”, aprendimos que “este país no necesita palo largo y mano dura para evitar lo peor”, que "en la planta 14 el chófer del patrón se sentía desplazado, que era un hombre prudente, bien domado”… Y en el cine nombres como Luis García Berlanga, Elías Querejeta o Basilio Martin Patino supieron y quisieron denunciar lo denunciable, burlando la censura de la época y arriesgando.

A estas reflexiones me lleva el acto que ayer reunió al grupo de la ceja, esos que por excesiva extensión los medios de comunicación denominan “el mundo de la cultura”, en torno a los sindicatos convocantes de la pseudohuelga general del día 29. Cantantes y actores, que llevan varios años mostrando pública y notoriamente su apoyo a una forma de hacer política que les va bien, pues también ellos han sabido adaptarse al sistema (hasta tal punto que han colocado a una de los suyos en un Ministerio), artistas que no tienen necesidad de denunciar nada, que se consideran progresistas, aunque lo único que les preocupa es conservar lo conseguido, sin ningún interés porque nuestra democracia progrese. Siguen anclados en los viejos postulados de la lucha de clases, argumento vácuo ya superado en la Europa del siglo XXI. Lo que era necesaria rebeldía en los 70 hoy no es más que trasnochada melancolía, consignas y etiquetas. Ya no existe la canción protesta, la han sustituido por las reuniones de respaldo.

Forman parte de la cultura oficial, y permanecen impávidos entorno al pesebre de un rancio conservadurismo. Igual que la niña Marisol, el engendro del régimen franquista que Doña Carmen Polo llevaba a los jardines del Pardo a jugar con sus nietas y tomar chocolate, igual que las flamencas de los sesenta que se buscaban la vida en los saraos nocturnos ante gobernadores civiles y ministros, los actuales pastelean en los centenares de despachos del poder, contratando giras, firmando compromisos de aceptación de subvenciones o montando plataformas de apoyo a ZP. Con su sindicato vertical, la SGAE, andan por ahí, custodiando la doctrina de la fe en este sistema y en la sectaria ideologización con la que filtran la realidad.

Lo más triste es reconocer que no sienten la necesidad de denunciar, de criticar nada. Han perdido la sensibilidad, ya ningún estímulo despierta la rebeldía. Ya sabemos que la España de 2010 no es la de 1975, ni tenemos los mismos problemas, ni cabe esperar las mismas reacciones, no sería de recibo caer en esa demagogia. Pero en la España de 2010, tras más de 30 años de democracia imperfecta, hay muchas cosas por arreglar, mucho por lo que quejarse. En un país con más de cuatro millones de parados, con una tasa de paro que duplica a la media de europea, donde el voto de los ciudadanos no vale lo mismo en todas partes, donde los privilegios fiscales de determinados territorios se han consagrado, donde la justicia no es libre ni independiente del poder político, donde la educación es la peor de Europa y se ha convertido en un arma al servicio de los nacionalismos uniformadores, y donde una administración gigantesca, desproporcionada, multiplicada por 17, lastra cualquier posibilidad de progreso real, al mundo de la “cultura” no se le oye. Ni están, ni se les espera.
Si se calla el cantor, calla la vida¸ cantaba Mercedes Sosa, pero aquí hace demasiado tiempo que están callados, que sólo abren la boca para adular o para llamar delincuentes comunes a los presos de conciencia cubanos. Ya sólo les queda decirnos que no maldigamos nuestra suerte, que ciudadanos de España nacimos y que no hace falta que aspiremos a más, como hace 60 años le decían a la pobre de Maria Manuela, cuando se quería poner guapa.



domingo, 26 de septiembre de 2010

EL RETO DE UPyD

Me afilié a UPyD en noviembre de 2007, sin haber tenido experiencia política previa. En mi primer contacto con el partido hacía estas preguntas:

• ¿Cómo va a organizarse el partido para conseguir que la regeneración democrática sea profunda y sistémica y no un simple maquillaje?
• ¿Cómo conseguir que no se trate de cambiar las caras de los protagonistas, pero que cuando pasado unos años miremos atrás, veamos que todo sigue siendo igual?
• ¿Cómo conseguir que no se generen políticos profesionales, necesitados vitalmente de seguir agarrados al poder para seguir comiendo?
• ¿Cómo conseguir que el partido esté en manos de personas generosas y convencidas en el bien común, que no necesiten de la política para vivir? ¿Cómo garantizar que el bien común y el interés general siempre estén delante del interés del partido o de la ambición personal?
• ¿Cómo conseguir desterrar de esta organización los usos y costumbres propios de la clase política española, el maquivelismo, las intrigas, los acuerdos de compraventa de votos, apoyos e influencias, las negociaciones en los pasillos de los congresos, el tú vótame que ya me acordaré de ti, el politiqueo basura que hace que arriba no estén necesariamente los mejores por méritos, sino el mejor vendedor de ilusiones, sonrisas a tiempo, bienquedas, relacionados y estómagos agradecidos....?
• ¿Nos vamos a plantear realmente meterle mano a la parte parásita de la función pública, a las empresas públicas hipertróficas, a las agencias, fundaciones y miles de fórmulas que los políticos han ideado para colocar a los amigos, a las relaciones de dependencia, a los votos cautivos e interesados, a los repartos de cargos, a los lobbies, sindicatos y diversos engendros que viven del sistema...?,
• ¿Van a revisarse algunos de los principios "democráticos", que parecen intocables, y que permiten que todo este montaje funcione?

Hoy, casi tres años después, tengo que reconocer que UPyD no me ha defraudado, que efectivamente estamos para dar respuesta positiva a todas esas preocupaciones, que nos hemos sabido dotar de unos Estatutos que nos defienden de esos riesgos, aunque esos riesgos existen y siguen ahí. No ha cambiado nada mi posición, ni mis preocupaciones, ni mis intereses, aunque eso sí, ahora tengo mucha más experiencia.

Le experiencia me dice que la respuesta a esas preguntas no la tiene nadie, ni siquiera Rosa, la respuesta a estas dudas la tiene el conjunto de los militantes de UPyD. Lo que seamos capaces de hacer juntos y sobre todo lo que seamos capaces de evitar, determinarán el sentido de la respuesta a esas cuestiones.

Y es que en UPyD hay dos tipos de militantes, evidentemente, haciendo un enorme ejercicio de simplificación, de la compleja naturaleza humana. A uno los defino como Ciudadanos Hastiados y al otro como Políticos Psicológicos, y nada tiene que ver el pertenecer a un grupo u otro con la experiencia política previa. Existen Ciudadanos Hastiados con mucha experiencia política previa, y Políticos Psicológicos sin ningún tipo de experiencia política. ¿Cómo distinguimos a unos de otros, pues?

La prueba del nueve, que sólo se la puede aplicar cada uno a sí mismo, consistiría en imaginarnos el absurdo que el PSOE y el PP de repente decidieran pactar lo importante, trabajar con sentido de Estado y adoptar todas y cada una de las medidas y propuestas de UPyD, es decir, que llegáramos a la situación a la que nos referimos en el último párrafo de nuestro Manifiesto Fundacional: “UPyD sólo aspira a existir mientras sea necesario para resolver los problemas que nos preocupan”. Para los Ciudadanos Hastiados esta sería una buena noticia, habríamos conseguido el objetivo. Para los Políticos Psicológicos sería una muy mala noticia, un ¿y ahora a qué me dedico? El filósofo y psicólogo alemán Eduard Spranger, ya identificaba el tipo de personalidad política de la siguiente manera: “El hombre político busca el poder, no necesariamente el poder del Estado, sino el poder en todas sus vertientes. Son personas persuasivas, que tienden a dominar a los demás para imponerles sus propios criterios. Identifican la grandeza política con la grandeza moral…. Si el hombre social encuentra su mayor satisfacción en darse a los demás, en el desprendimiento, el hombre político sólo utiliza las relaciones sociales como un medio de autoafirmación y autorrealización”.

En definitiva, no se trata más que entender que UPyD no es un fin en sí mismo, sino sólo un mecanismo o forma de alcanzar objetivos superiores. Se trata de creer firmemente y cada día en lo que hemos puesto por escrito: UPyD es un partido instrumental. Estoy convencido que la gran mayoría de nuestra militancia pertenece al grupo de los Ciudadanos Hastiados, es fiel a nuestros principios y piensa que este partido no ha nacido para ser más de lo mismo, sino para abrir una ventana de racionalidad, sentido común y honestidad en nuestra democracia. Pero también tengo claro que por cada político psicológico que tengamos entre nosotros necesitamos cuatro o cinco ciudadanos hastiados, pues los primeros les ponen mucha más energía, dedicación y empeño a esto de la política, y además no tienen límites, ni a veces escrúpulos para lograr sus objetivos. Cuanto más tengamos de Movimiento Cívico y menos de Partido Político tradicional, más cerca estaremos de lograrlo, evidentemente sin caer en la insensatez de comportarnos como una ONG o asociación de amigos sin ambición política. Somos un partido que aspira a tener responsabilidades de gobierno, y ello nos obliga a un necesario pragmatismo, rigor y disciplina desde el realismo y la adaptación al medio.

El gran reto al que se enfrenta UPyD no es crecer electoralmente, no es conseguir más votos y ganar más peso político en las sucesivas elecciones, eso es algo que pasará sí o sí, a mayor o menor ritmo, pero de forma segura e implacable. El gran reto, lo verdaderamente difícil, será hacer todo eso sin dejar de ser lo que dijimos que queríamos ser cuando nacimos, lo complicado será ganar elecciones y que al mirarnos al espejo sigamos reconociéndonos, viendo los mismos principios que nos alimentaron, en definitiva, que sigamos siendo el partido de la regeneración democrática.

No podemos descuidarnos, tenemos que velar día a día para que en cada decisión, en cada gesto, mantengamos nuestros principios regeneracionistas. Eso no nos lo van a garantizar el sistema organizativo con que nos dotemos, ni la mayor o menor democracia interna, sino la calidad humana de nuestra gente, sus valores y principios, y aunque evidentemente la redacción y previsiones de nuestros estatutos lo dificultan, no podemos caer en el error de pensar que sólo con eso estamos salvados, no podemos bajar la guardia.

En los próximos meses nos embarcaremos en el proceso de primarias que nos conducirá a tener candidatos a las elecciones locales en numerosas ciudades y pueblos de España. Es sin duda un momento crítico de nuestra todavía corta existencia.

Admiro a los compañeros que están dispuestos a dar la cara ante la sociedad, a ocupar cargos de representación externa dentro de la organización y asumir la enorme responsabilidad de ocupar cargos públicos cuando llegue el momento. Aspiro a que sean recompensados, también económicamente, por su trabajo y sacrificio. Pero espero que esos compañeros entiendan que el ocupar un cargo debe ser la consecuencia necesaria de perseguir un objetivo superior, no la causa. Espero que nunca perdamos el norte, que nunca dejemos de tener conciencia de que estamos para lo que estamos, de qué es lo importante y qué lo accesorio. UPyD no es el fin, es el medio, la herramienta, el instrumento.En el PP, el PSOE y el resto de los partidos tradicionales esto lo han olvidado hace muchos años.

Nuestra transversalidad y progresismo liberal, nos obliga a ser moderados en los posicionamientos ideológicos, nuestro sentido de estado, nuestro sentido común, nos ha de llevar a una actitud de sensatez y racionalidad en nuestra actividad y presencia política. Pero en lo relativo a nuestro carácter regeneracionista debemos ser radicales. No podemos permitirnos caer en los vicios y costumbres de la clase política española, esa que nos ha obligado a nacer.

jueves, 15 de julio de 2010

CARTA ABIERTA A CLARO SÁNCHEZ ALTARRIBA, PRESO DE CONCIENCIA CUBANO

Querido amigo Claro:

Ni me conoces, ni te conozco, pero te siento cerca y me permito tratarte como a un amigo.

Considera estas líneas una confesión, laica pero una confesión al fin y al cabo. Y no es que tenga un sentimiento de culpa, ni la mala conciencia del pecador redimido. Quizá sea más bien el reconocimiento postrero de una enseñanza vital, de un crecimiento personal.

Confieso que hace apenas 15 años, en el fervor veinteañero, el abajo firmante defendía con denuedo y vehemencia al régimen cubano. Esgrimía en tertulias y debates con amigos y compañeros de Facultad todas las razones que justificaran su existencia y su bondad. Argumentos me sobraban: el índice de desarrollo humano de la ONU siempre ha dado a Cuba una nada desdeñable posición, su educación, su sanidad, su esperanza de vida, con niveles objetivos muy por encima de su entorno, el bloqueo comercial norteamericano…, entre otras muchas razones me animaban a pensar que las dificultades económicas de Cuba eran un precio más que razonable por conseguir una sociedad justa y solidaria, y que a fin de cuentas, considerando la situación del resto de Centroamérica, si en Europa teníamos que preocuparnos por algo, no sería precisamente por Cuba y su gente.

Confieso que aún tengo entre mis canciones preferidas esa que cantaba Victor Jara que decía “si yo a Cuba, le cantara, le cantara una canción, tendría que ser un son, un son revolucionario…”

Quizá sea eso que dicen de que el que con dieciocho años no ha sido comunista es que no tiene corazón, y el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro…. Yo creo que más bien se trata de la estúpida manía que tengo de pensar libremente, de no ser esclavo de mis propias convicciones, de analizar y razonar por defecto todas y cada una de las realidades o pararrealidades con que la vida nos enfrenta. Quizá se trate simplemente de que en aquella época me encontraba inspirado por el principio de Maquiavelo de que el fin justifica los medios: por la alimentación, la sanidad y la educación, bien se podía pagar el precio de la libertad. No lo sé, pero lo cierto es que me siento muy orgulloso de haber tenido esas convicciones, esas seguridades, esas inquietudes, cuando las tuve que tener.

Confieso que siempre me decía: “ojalá tenga la oportunidad de conocer Cuba antes de que en La Habana abran el primer Mc Donalds”. Y efectivamente tuve la oportunidad de visitar Cuba allá por el 2003. Decidí ser un viajero además de un turista, y crucé media Isla con un coche alquilado (viajero pero demasiado comodón como para probar el transporte público cubano). Entonces tuve la enorme fortuna de conocer a un pueblo ejemplar, culto y entrañable (disculpa el lapsus, me he autoimpuesto no concederle a los pueblos entidad de sujeto -si vivieras en España me entenderías-, me refiero al conjunto de seres humanos, de personas, de ciudadanos que habitan la Isla de Cuba y comparten una cultura y un pasado común), conocí el sentido real de la palabra solidaridad, base sobre la que se sustenta el sistema de transporte de viajeros en Cuba, no fueron menos de 40 personas las que pude recoger en distintos cruces de caminos en mi auto de turista rico, con aire acondicionado y depósito lleno, para ayudarlos a avanzar algunas decenas de kilómetros en su lento peregrinar, todos ellos me enseñaron algo, hablé con los dueños de los paladares en los que me alojé, admiré la dignidad con la que la Cuba rural afronta las necesidades, con esa mezcla de ingenio, trabajo y resignación, admiré los grupos de niños y niñas que uniformados iban a la escuela en cada aldea, en cada pueblo, disfruté de la fiesta sanjuanera en Trinidad, y por un momento dejé de sentirme un turista cuando conseguí que me vendieran cerveza a granel a precio de cubano, no de turista español, desde un camión de feriante con un remolque de hojalata, poniéndome en la fila como el resto de la gente, con mi más humilde camiseta y sin abrir la boca para no despertar sospecha…

Un trozo de mí se quedó en Cuba, y un trozo de Cuba me traje conmigo para siempre, y ahora puedo decir reflexiva y racionalmente, sin apasionamiento ni vehemencia febril, que el fin jamás justifica los medios, que la educación sin libertad no es más que adoctrinamiento, que la salud sin libertad no es más que control sanitario, que el trabajo sin libertad es sólo esclavitud, que la justicia sin libertad es injusta, que la vida sin libertad es triste, sombría, que hasta la comida, la gastronomía sin libertad, no es más que nutrición, y discúlpame, Claro, por esta frívola alusión a la gastronomía, pero no puedo dejar de pensar en los trasnochados defensores que el régimen castrista tiene entre ciertos cómicos, sindicalistas e intelectuales de izquierdas españoles, esos que aprovechan cualquier ocasión para defender a los Castro y te consideran un delincuente y que lo hacen sin renunciar a sus cenas en restaurantes españoles en los que se dejan en una sentada una cantidad con la que en Cuba viviría una familia durante dos meses, esos que no tienen que comer a diario arroz o frijoles, y no consideran en el pollo o el cerdo, un manjar para ocasiones especiales.

Cuba necesita la libertad como al aire para respirar, tenéis derecho a decidir, incluso a equivocaros con vuestras elecciones (en España sabemos mucho de eso), tenéis que andar ese camino, y sólo lo podéis hacer vosotros. Tengo el convencimiento absoluto de que lo haréis pacífica y serenamente, y es que aunque con el objetivo de adoctrinar, el sistema educativo del régimen cubano, inevitablemente y sin pretenderlo ha propiciado la introducción en su gente de la semilla de la cultura, el pensamiento, la razón. Si una sociedad es capaz de reflexionar, debatir, acordar, encontrar consensos, esa será una sociedad culta como la cubana, no me cabe la menor duda.

Hoy, querido Claro, tengo que animarte a ti y al resto de tus compañeros presos a que nos desfallezcáis, a que sigáis soportando ese personal sacrificio en defensa de la libertad de los cubanos. Estar preso por opinar diferente, disentir, creer en la democracia... Posiblemente no haya empresa humana que merezca más la pena. Sois un ejemplo a seguir, y no dudes que la recompensa llegará más pronto que tarde. Estás preso por lo que piensas y lo que dices, por defender pacíficamente un cambio de gobierno en tu país, algo por lo que en las sociedades democráticas y libres nadie tiene que preocuparse.

Y además os tenéis que sentir orgullosos cada día de no haber caído en la tentación de recurrir a la violencia para defender la justicia, de no olvidar que vosotros “no sois guajiros, vuestra sierra es la elección”. A ella llegaréis gracias al generoso sacrificio de hombres como tú.

Un fuerte abrazo,

lunes, 14 de junio de 2010

EL DILEMA DE LA FUNCIÓN PÚBLICA

Es un hecho que corren tiempos difíciles para los funcionarios. Los empleados públicos cargan ahora con dos cruces, la histórica, esa del saberse objeto de crítica permanente por parte de la sociedad, inspiración de 40 años de humor de Forges, lugar común de conversaciones de ciudadanos cabreados…, y la recurrente, esa que hace que cuando los dineros de la cosa pública escasean, sean el eslabón más débil, el blanco fácil del ajuste, de la congelación salarial, o cómo en esta última andanada, del tijeretazo retributivo.

Esta segunda cruz la están sobrellevando con una dignidad inusual. El rotundo fracaso de la reciente convocatoria de huelga parece una muestra de ello. Sea por anticipado derrotismo, mala conciencia ante lo que está cayendo en el mercado libre, auténtica solidaridad y sentido ciudadano o simple interés económico por no perder un día de sueldo, lo cierto es que los sindicatos se han dado de bruces con una realidad que no esperaban.

La primera cruz también la soportan estoicamente sin muchos problemas, unos porque ya tienen la herida encallada, y las críticas resbalan sobre ella como gotas de agua sobre aceitosa indiferencia, y otros porque su trabajo, nivel de compromiso y profesionalidad les permiten tener la conciencia tranquila.

Es innegable que la gestión del trabajo público no es ni comparable con la gestión del trabajo en la empresa privada. Para desarrollar las mismas tareas, en la empresa privada se requieren muchos menos recursos. Ésta no se puede permitir el continuo escaqueo de un trabajador vago, y menos aún a un gerente incompetente, pues está sujeta a las crueles reglas del mercado. El mercado autorregula la incompetencia y la ineficiencia: un inútil para un determinado puesto puede permanecer un tiempo en el mismo, pero finalmente saltarán mecanismos de ajuste, internos en empresas con gestión profesional, o externos en empresas familiares o personalistas, que desembocarán en el mismo resultado. En la gestión de lo público estas correcciones naturales jamás van a darse, sencillamente porque las reglas del juego son otras. En esas reglas palabras como rendimiento, profesionalidad, eficacia, productividad, no tienen ningún sentido. Posiblemente otras muy distintas como docilidad, mediocridad, conformismo, son las claves de la adaptación al medio. Excelentes profesionales, absolutamente capaces y trabajadores, tras unos años en ese ambiente se habrán perdido para siempre.

Que lo público no funciona como debiera es un hecho, y que hay mucho neoliberal encantado con que siga sin funcionar, también. Las causas de algo tan evidente son varias, pero la principal es la libertad y la independencia que confiere el carácter vitalicio de la función pública. La impunidad y la seguridad de que ante la ineptitud no existirán represalias ni consecuencias, la ausencia de los mecanismos de control que sí se dan en el sector privado, hacen que este mal sea endémico y de difícil solución.

Y es de muy difícil solución porque lo cierto es que no podemos renunciar al carácter vitalicio y a la impunidad del puesto del funcionario, por la sencilla razón de que detrás de ellos no hay empresarios, que tienen el único, claro y legítimo interés de ganar dinero conforme a las reglas del mercado y la ley, sino políticos que tienen casi siempre y entre otros menos confesables, el poco claro interés de medrar, ganar elecciones y mantener el tipo, al margen del interés general, conforme a las reglas de la partidocracia y en muchos casos pasando por encima de la Ley. De hecho esa libertad e independencia del funcionario, esa seguridad de saberse servidores del Estado (en cualquiera de sus formas), y no de la fuerza política que coyunturalmente tenga el poder, sigue siendo una pesadilla para muchos políticos, un contrapoder al que no podemos renunciar. Ya se han encargado los políticos de idear fórmulas -empresas públicas, cargos de confianza, asesores, interinos digitales, subcontrataciones, externalizaciones, promociones y arrinconamientos, entre otras muchas-, para salvar esta incómoda independencia. En Andalucía los inspectores urbanísticos, los agentes de medio ambiente y otros funcionarios conocen en sus carnes lo que significan estos intentos de mangonear desde el poder político la independencia del funcionario. Y es que es mucho más cómodo tener comisarios políticos elegidos a dedo que jefes de servicio puestos en el cargo por el mérito y la capacidad.

Y éste es el drama en el que nos encontramos: la misma libertad que el funcionario necesita para poder servir al Estado y no al partido que gobierna, para no estar expuesto al capricho y la arbitrariedad del que manda, la mitad de los funcionarios la aprovechan para vivir relajadamente gracias a un examen que un día aprobaron, convencidos de que con ello ya se merecen el sueldo, mientras la otra mitad hace su trabajo y el de los “otros”, digna y profesionalmente, aguantando chistes, tijeretazos e infamias, y sobre todo aguantando todos los días a sus compañeros insolidarios, en la resignación de que difícilmente nadie va a reconocer las diferencias. En la empresa privada los segundos serían recompensados y los primeros no durarían un día, porque ésta no se lo puede permitir, y el empresario debe tener, le cueste 45 o 20 días, la posibilidad de erradicar al improductivo, al flojo, al malo… Si esta misma libertad la tuviera el político ibérico, ¿alguien duda de cómo la usaría?

Como dice Concha Moliner en su desgarrador artículo “Tiempos Difíciles“ (1) “Mantener una actitud de servicio público es duro para los empleados públicos cuando sufren los desaciertos, la ignorancia y la prepotencia de muchos responsables políticos. Está a la orden del día, que se obsesionen con la caza y captura de los signos políticos de sus trabajadores, buscando infieles, rebeldes y traidores ...Es frecuente que los más competentes, entregados y cualificados tengan serias dificultades porque el conocimiento, el rigor y la lealtad con el servicio público, que poco tiene que ver con el boato, el aplauso y las luces de colores, son molestos pues no se pliegan a los caprichos del “iluminado de turno”… Los servicios públicos deberían ser más eficaces y eficientes, deberían gozar de mejor organización y calidad. La ciudadanía debería exigir a sus representantes políticos que así fuese, debería exigir cuentas y responsabilidades pues es su dinero el que los sustenta. Si lo hiciera se darían cuenta de que los empleados públicos, los más, no somos gente a denostar sino profesiones con clara vocación de buen hacer para el bien común, o sea, los ciudadanos”.

La ineficacia de lo público es una cuestión por resolver, una de las debilidades de la economía española. Medidas como auditorías externas para la valoración del desempeño, el establecimiento de mejoras del sistema retributivo mediante la incorporación de incentivos en función de objetivos de producción imparciales, que no necesariamente han de ser económicos, pues el Estado a diferencia de las empresas privadas no está para ganar dinero, sino para prestar sin despilfarros un servicio de calidad a los ciudadanos, y otras similares pueden ir en la dirección adecuada.

En cualquier caso la solución vendrá de la mano de un partido que como UPyD se considere y se sienta libre e independiente y de los funcionarios que aún tienen conciencia de ser servidores públicos, que no han perdido la vergüenza ni la moral. En ellos deben encontrarse los resortes para cambiar las cosas.


(1) http://www.upyd.es/web_medida/plantilla_general/secciones/plantilla.jsp?seccion=103¬icia=40207




miércoles, 7 de abril de 2010

LOS GESTOS Y LOS HECHOS

Que José Antonio Griñán no es Manuel Chaves es un hecho. Que su perfil es más profesional, más técnico, también lo es. Que su pulso con Luis Pizarro y otros “intelectuales” del aparato socialista, aparentemente decantado a su favor, es lo menos malo que podía haber pasado a los andaluces hasta que los comicios de 2012 puedan traer otro escenario político a Andalucía también parece un hecho.

Su experiencia anterior a la presidencia de la Junta le ha aportado un nada desdeñable conocimiento y cercanía a los problemas económicos y empresariales de Andalucía, lo que no es malo en absoluto. De hecho, las decisiones tomadas en lo concerniente a la reestructuración del Gobierno Andaluz, con la reducción de consejerías, que lleva aparejada la eliminación de 20 altos cargos que se suman a los 17 que ya se recortaron en la primera remodelación, apuntan en un sentido positivo, en esa necesaria línea de adelgazamiento de la administración andaluza que UPyD lleva defendiendo desde su nacimiento.

Ahora bien, estamos obligados a dudar si estas últimas decisiones están más en el terreno de los gestos que de los hechos, y es que no debemos olvidar que nos encontramos ante el partido del maquillaje, de la apariencia, de la representación.

En Andalucía, la tarea de racionalización de lo público es tan grande, la asignatura pendiente tan antigua, la necesidad tan apremiante, que el reto adquiere tintes épicos. Desde luego hace falta mucho más que gestos para lograrlo.

En breve, cuando se apruebe la proposición no de ley del PSOE-A que propone la "racionalización de las estructuras y el funcionamiento" de los entes autónomos, tendremos ocasión de conocer que planes concretos tiene la Junta para sus 172 empresas públicas, esas que contratan a 21.310 empleados, la mayor parte a dedo, esas que mantenían en 2.008 una deuda de 136 millones de €, pese a haber recibido fondos de la Junta por valor de 3.835 millones de € sólo en ese ejercicio.

Más complicado será conocer el futuro de las Fundaciones Públicas auspiciadas por la Junta, en cuyo número no se ponen de acuerdo la propia Junta y la Cámara de Cuentas -que reconoce 21 aunque la Junta sólo considere en sus presupuestos a 2 de ellas-, y que en conjunto recibieron 477 millones de € en 2008 y mantienen 4.670 personas contratadas.

Lo que sí parece obvio es que hay lugares de sobra, subdelegaciones del gobierno aparte, para ofrecer soluciones laborales a los 37 altos cargos “sacrificados” y a los que puedan resultar de futuras operaciones estéticas. Lo cierto es que muchos trabajadores de IDEA, DAP, EPSA, EGMASA, GIASA…, están a la espera de correr puesto, y es que hay que hacer hueco por arriba, para que entren los que tienen que entrar, sacrificando a los niveles inferiores, esos que ejecutan los trabajos, por la cuenta que les trae, y al menos permiten la escasa producción de las entidades públicas.

El hecho es que a Griñán le van a hacer falta mucho más que gestos para hacer lo que hay que hacer, empezando por la voluntad de hacerlo, que necesariamente tenemos que poner en duda. Y es que al PSOE andaluz le falta algo tan simple como la libertad: un partido que ha tenido como estrategia durante décadas la de crear una red de estómagos agradecidos, cuyo único modelo de futuro para Andalucía ha sido el derivado de generar una sociedad civil dormida, cautiva, presa de subvenciones, el ficticio maná del impulso público a la economía, ahora cuando no es posible posponer la toma de medidas efectivas, no efectistas, se ve maniatado.

El varapalo sufrido por el reciente auto del Tribunal Supremo que declara nulo de pleno derecho el decreto de la Junta de Andalucía de 1998 que permitía a la empresa pública EGMASA definir sus cometidos y privatizar determinadas labores que podían ser realizadas por funcionarios, por mucho que desde el gobierno andaluz se pretenda minimizar su importancia, va a ayudar a la toma de decisiones en el sentido correcto, pero no será suficiente para vencer la inercia del mastodóntico sistema articulado por el socialismo andaluz.

UPyD debe estar siempre al lado de la defensa de los andaluces, apoyando y aplaudiendo las medidas correctas, las tome quien las tome, vengan de donde vengan, pero esperar del PSOE a estas alturas hechos en vez de gestos, sería muestra de una ingenuidad impropia de un partido serio que goza de la creciente e imparable confianza de los ciudadanos.

martes, 9 de febrero de 2010

LOS UNOS Y LOS OTROS

Hace unos días el PSOE de Andalucía ha anunciado la constitución de cuatro grupos de reflexión para activar el proyecto Andalucia Sostenible, en los que trabajarán más de cien personas lideradas por personalidades del mundo académico y para el que la Junta ha reservado 50 millones de euros en el Presupuesto de 2010.

Se ha dicho en numerosas ocasiones que la maquinaria de comunicación del PSOE es muy eficaz y uno de sus puntos fuertes y diferenciadores con respecto a sus adversarios políticos, pero en la situación actual eso es quedarnos cortos. No es que el marketing del PSOE sea potente, es que el PSOE no es otra cosa sino marketing. Detrás del escaparate no hay absolutamente nada. Es una gran fábrica de vacíos, de vacuos artificios insustanciales, pero con una enorme red de miles de comerciales que lo venden a lo largo y ancho de Andalucía. Y es que en estos tiempos de éxito de las redes sociales en internet, tenemos que reconocer que el partido socialista andaluz hace tres décadas que inventó el agro-facebook, ¿o es que acaso las centenares de “casas del pueblo” repartidas por toda nuestra geografía tienen otra función? En vez de ratón y pantalla, barras de bar y tertulia, pero el hecho es que han significado centros de vida social en numerosas localidades especialmente rurales, y han contribuido a sostener la ilusión de que la hipertrófica red de agraciados por el régimen beneficia a todo el pueblo, aunque nada esté más lejos de la realidad.

Cuando por necesidad de mantener un puesto de trabajo, conseguir una subvención, un convenio de colaboración o un contrato, personas y empresas se rinden al régimen, cuando porque ya se es del partido, como se puede ser de la hermandad, de la peña o el equipo de fútbol, cuando se deja de ser ciudadano reflexivo y se pasa a ser miembro o “miembra” del clan, cuando se sigue alimentando la sociedad del fracaso escolar y desapego a la lectura, se puede gobernar Andalucía durante 30, 40 ó 60 años, como el PRI mejicano.

Todo esto explica que el PSOE se encuentre en una burbuja de irrealidad, y se sienta animado a seguir poniendo en práctica la política del PowerPoint, a la que alude Ignacio Camacho en un certero artículo, que siga en la propaganda, en el pregón y la fanfarria que tan buenos resultados le ha dado hasta ahora. Si no fuera porque las cosas están dramáticamente mal, porque la hemorragia económica y social de Andalucía no parece tener fin, la convocatoria de grupos de expertos universitarios para reflexionar en torno a la Andalucía Sostenible resultaría una broma simpática aunque nos costara 50 millones.

Pero no debemos preocuparnos porque estamos salvados, el Partido Popular andaluz casi a la vez ha constituido un grupo de trabajo formado por responsables del partido en materia de urbanismo y por expertos de fuera para abordar con "rigor, decisión y valentía" la reforma de la Ley de Ordenación Urbanística de Andalucía (LOUA), con el objetivo de crear “un nuevo orden urbanístico que en vez de un castigo sea un incentivo, que se base en la confianza en los ayuntamientos”. Entre las propuestas del PP andaluz se encuentra la regulación de suelos no urbanizables, la revisión de nuevos territorios susceptibles de generar recursos, la adaptación y simplificación de los planes de ordenación urbana en función de cada municipio, la aprobación de los PGOU por parte de los ayuntamientos y no de la Junta…, en fin una serie de barbaridades propias de un partido tan falto de ideas que asusta. Dar más libertad a los ayuntamientos en materia urbanística es como pretender apagar un fuego con gasolina, es renunciar a la racionalidad en la ordenación del territorio, es reconocer que ante la incapacidad de gestionar ágil y eficazmente las necesidades de crecimiento de nuestros pueblos y ciudades, la única alternativa es renunciar a poner orden. Será fácil cumplir la ley si no hay ley que cumplir.

Es cierto que la LOUA fijaba que todos los municipios andaluces tuvieran elaborados sus Planes Generales de Ordenación Urbanística antes de 2007 y sólo 84 los tienen aprobados, es cierto que el periodo medio de aprobación de un Plan General se sitúa en los 7 años, lo que no deja de ser inaceptable, y es cierto que los técnicos urbanistas de la Junta se han visto en demasiadas ocasiones presos de las directrices políticas, atados de pies y manos para actuar con profesionalidad, y obligados al sectarismo y la arbitrariedad a la que alude el PP, pero pretender solucionar este problema dando más libertad a los ayuntamientos, esos controlados por una clase política, socialista o popular, que si algo ha demostrado hasta la fecha es no ser merecedora de la confianza de los ciudadanos, al menos si no ponemos a un fiscal anticorrupción detrás de cada uno de ellos, es una autentica insensatez. El desapego y la distancia son elementos básicos para la toma de decisiones en materia de ordenación territorial. El reciente afer del alcalde de Carratraca, incapaz de hacer cumplir la Ley a sus vecinos, aunque en este caso desde la honestidad de la dimisión, y sin echar mano a los habituales subterfugios, es un ejemplo extremo de esta realidad.

En definitiva, estas tribulaciones del PP son propias de un partido que por toda iniciativa tiene la de emular la estrategia propagandística del adversario.

Y en estas estamos en estos aciagos días, entre los unos y los otros, viendo impávidos como los que tienen la responsabilidad de gobierno o de ser oposición, los que tienen los recursos económicos y los medios de comunicación a su disposición para amplificar sus mensajes, andan como pollos sin cabeza, mientras en Unión, Progreso y Democracia un grupo cada vez más numeroso de ciudadanos hastiados, con escasos recursos, pero con la fortaleza y la confianza que aporta la honestidad y la seguridad de sabernos necesarios, ha decidido intervenir, tomar partido y trabajar para contribuir a sacar a Andalucía de este pozo en el que sigue tras 35 años de democracia.

jueves, 8 de octubre de 2009

Esta noche he tenido un sueño

No sé si ha sido la visión de los apretones de Gallardón a Zapatero en el brazo, cuando conocieron que la candidatura olímpica de Madrid pasaba victoriosa la segunda votación en Copenhague, o si habrán sido sus besos a Esperanza Aguirre en esos efímeros momentos de euforia. Quizá haya sido el simple hecho de ver a Rajoy y Zapatero en la misma bancada, trabajando codo a codo por un objetivo común…. Y el rey, todos en el mismo equipo.

Posiblemente ha podido influir esa sensación de unidad nacional que la atención mediática puesta en la malograda aventura olímpica de Madrid nos ha transmitido a todos sin quererlo. Tanta gente en la calle, tanto pueblo español pendiente de televisores y aparatos de radio… Un solo objetivo, y una unidad, al menos aparente, sin fisuras, que cuanto menos reconfortaba el espíritu por lo extraña.

¿O habrá sido la imagen que todavía guardo en la retina de la reunión que esta misma semana mantuvieron el Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, con Mª Dolores de Cospedal, para explorar la posibilidad de pactar la reforma del modelo educativo?

Quizá también ha podido tener algo que ver las palabras pronunciadas por nuestro eurodiputado el profesor Sosa Wagner, anteayer en el Ateneo Gaditano, al que tuve la oportunidad de escuchar. Esa referencia a Alemania, un estado donde saben que con las cosas importantes no se juega, donde han pactado entre todas las fuerzas políticas con representación significativa los cambios constitucionales que han estimado necesarios, con perspectiva de estado, federal, pero estado, con amplitud de miras.

Tampoco descarto que el ejercicio de racionalidad, mejorable, pero racionalidad a fin de cuentas si comparamos con la situación anterior, que desde hace unos meses nos están ofreciendo en Euskadi, tanto López como Basagoiti, me haya dejado un poso que ha permitido incrementar mi confianza en el ser humano, la esperanza de que todo es posible.

Sinceramente no lo sé, pero supongo que toda esa amalgama de visiones, recuerdos y sensaciones habrá influido para que esta noche haya disfrutado de un dulce sueño reparador y alentador. He soñado que el Gobierno del PSOE decidía iniciar conversaciones con el Partido Popular para buscar soluciones de consenso a la sangría de puestos de trabajo con la que la crisis se ha cebado en España, planteando soluciones desde la unidad y la racionalidad.

Por un momento pasaban a un segundo plano los intereses partidistas y priorizaban el bien de España, mejor dicho de los españoles, que a fin de cuenta son los que sienten y padecen, España, como ente abstracto que es, no hace ni lo uno ni lo otro, y mejor dicho aún de las personas que viven en este trozo de la vieja Europa, incluyendo a los nuevos españoles llegados en los últimos años de otras parte del mundo, que tanto han contribuido a enriquecernos culturalmente, mejorar nuestra economía y el nivel de bienestar durante los no tan lejanos años de bonanza.

En los escasos minutos que ha durado el sueño, y eso es lo que tienen los sueños, ha dado tiempo a que pactaran una justicia independiente, una nueva ley electoral que tenga en el ciudadano y no en el territorio el objeto de derecho, han acordado un modelo educativo basado en el mérito y la calidad, han tomado medidas para evitar el clientelismo, las relaciones de dependencia de los políticos con sus formaciones, han acordado desarrollar un cambio en las condiciones de los funcionarios para primar el mérito, la entrega y la profesionalidad, mejorando los salarios y condiciones laborales de los eficaces, y retirando del sistema a la parte parásita. Han acordado reducir las antiguas estructuras administrativas que lastran nuestro desarrollo, Diputaciones Provinciales y otros organismos y empresas públicas ineficientes y anquilosadas. Han decidido reconducir el modelo territorial con miras a mantener una necesaria descentralización administrativa sin duplicar estructuras ni generar reinos de taifas que rompen la unidad de mercado y utilizan ese sagrado sentimiento de pertenencia cultural con fines inconfesables. Han decidido volver a dar al individuo la libertad de expresarse en la lengua que le venga en gana, sin imposiciones, coacciones ni restricciones. Han llegado incluso a pactar que si hace falta tomarán medidas impopulares en relación con el agua o la energía, si los expertos las aconsejan como únicas soluciones viables.

El sueño ha acabado, como no podía ser de otra forma, con la disolución de Unión Progreso y Democracia, porque ya no éramos necesarios. Y efectivamente ha sido un sueño, no una pesadilla, porque nada puede ser más ansiado por un militante de esta fuerza política que los objetivos marcados se consigan, y digo que se consigan, no necesariamente que seamos nosotros los que los consigamos. Ya lo decimos en el último párrafo de nuestro Manifiesto Fundacional: “UPyD sólo aspira a existir mientras sea necesario para resolver los problemas que nos preocupan”. No puedo ni imaginarme lo que la disolución de su partido significaría para cualquier profesional de la política de los partidos tradicionales, un verdadero drama, una auténtica pesadilla, un ¿y ahora a qué me dedico?.

Pues bien, efectivamente ha sido un sueño, nada de esto va a pasar, seguimos siendo tremendamente necesarios, más que nunca. El lunes Zapatero, Rajoy, Aguirre, Gallardón, Pajines, Blancos y Cospedales volverán al circo, al teatro, con perdón para los cómicos, a seguir representando ese papel que también se les da, de servidores del interés general.

domingo, 11 de mayo de 2008

POR QUÉ NO SOY NACIONALISTA

Ser antinacionalista significa algo más que criticar los planteamientos de los partidos que se definen como tales, pretendiendo mayores beneficios para sus territorios, mayores cotas de autogobierno o, en último caso, persiguiendo la idea de la independencia, entendida como la generación de un nuevo estado, libre o no, asociado, o no, a aquel del que forma parte.

No se puede atacar al nacionalismo catalán o vasco desde el nacionalismo español, centralista y uniformador de ideas y sentimientos. UPyD debería hacer todo el esfuerzo posible en dejar clara su posición al respecto del nacionalismo, de todo nacionalismo, por principio.

Ser antinacionalista es entender que los pueblos no son sujetos de derecho, ni mucho menos los territorios, es entender que los seres humanos que viven en la mayor parte del trozo de Eurasia que hemos dado en llamar península ibérica, (en adelante les llamaremos españoles), son los únicos sujetos de derecho, uno a uno.

¿Si la agrupación de todos los rubios, todas las mujeres, los aficionados a la petanca, los que miden más de 1,80, o los mileuristas no da lugar a un colectivo, partido político u asociación civil que exija derechos especiales y autogestión para la defensa de sus intereses y sus hechos diferenciales, por qué lo genera la agrupación de los individuos que viven en una determinada zona del territorio? ¿De qué naturaleza son los fundamentos de esas identidades colectivas, esos sentimientos nacionales, organizados de una forma más o menos racional y conducidos por los profesionales de la manipulación de masas a expresiones de índole político?

Evidentemente hay patentes diferencias entre los seres humanos que viven en los valles que existen entre el mar y el sector oriental de la cordillera cantábrica (creo que se denominan vascos), y los seres humanos que viven la depresión prelitoral murciana, ese amplio valle de orientación suroeste - noreste, entre el Mediterráneo y las estribaciones orientales de las Cordilleras Béticas (creo que los llaman murcianos). Su historia, sus costumbres, son claramente distintas. Incluso sus apellidos, su lengua, la forma en que se divierten, la gastronomía, es diferente.

La cuestión es si estas diferencias culturales para manifestarse, para pervivir y reafirmarse han de tener un reflejo en la política. Y si de hecho lo tienen, ¿esas expresiones políticas de las diferencias culturales se producen de forma natural, inevitable, o forman parte de un propósito orquestado por voluntades que de forma activa trabajan para alimentarla?. Y si se producen por que existen voluntades que de forma activa trabajan para alimentarla, ¿lo hacen animadas por fines nobles y puros en defensa del sentimiento colectivo y el interés general o lo hacen como forma de justificar su propia existencia, de reinventarse cada día, cada legislatura y seguir formando parte del sistema?

Y en estas estamos.

Cuando escandinavos, neerlandeses, bretones, transalpinos, helenos, germanos, galos y celtíberos hemos por fin entendido que la ampliación del marco político sólo nos puede traer ventajas, cuando deberíamos estar trabajando todos en la posibilidad, por fin cierta, con muchos siglos de retraso y millones de muertos en el camino, de diluir la identidad nacional española, francesa o alemana en una realidad política superior llamada Europa, todavía existen individuos poniendo todo su empeño en la generación de nuevas identidades nacionales de índole político, apoyadas en la base de viejas, firmes e incuestionables identidades culturales.

Porque nadie en su sano juicio puede atacar o ningunear la identidad cultural de los pueblos, esa identidad que no hay que crear ni defender porque es natural, sólida, porque resiste el devenir de los tiempos, dictaduras incluidas. Nadie puede evitar que el 24 de diciembre haya familias en Cataluña que caguen el 'tió' leyendo versos de Josep Carner en catalán y otras en Andalucía canten villancicos flamencos zambomba en mano. No es posible evitar que a los niños que se les caen los dientes en un lugar se los cambien por regalos los angelets y en otros lugares sea el ratoncito Pérez el que desarrolle tan importante labor. Esa identidad sobria, auténtica, real no corre peligro, no necesita patriotas que la defiendan. Esa cultura, sin leyes que la promuevan, se extiende sustentada en la firmeza de lo auténtico. Este andaluz de Cádiz, con catorce años, sin haber pisado Cataluña, y sin ninguna relación familiar con ella, cantaba el Plany al Mar de Serrat o la Tieta sin entenderlos plenamente, quería aprender catalán para captar los matices. Este andaluz se alegraba de las victorias del Barça y las sentía como propias. Ahora que están catalanizando el club, ahora que ya sabe que Cataluña es esa nación entre Francia y España y que el Ebro es un río catalán que nace en el extranjero, está sorprendido de la capacidad que tienen los políticos de generar sentimientos, los que pretenden y los contrarios.

Si alguien interpreta el planteamiento antinacionalista de UPyD como un españolismo reaccionario es que no ha entendido nada. Cuando Rosa Díez dice que defiende la bandera española como un símbolo de orden constitucional y no un valor sentimental, dice lo que dice, que en esta zona de Europa, en tanto en cuanto no seamos capaces de seguir avanzando en la conformación del estado europeo, el más amplio marco de libertad nos lo otorga la constitución española, y sólo por eso la tenemos que defender. Pero no perdamos el norte, la Constitución española no es un fin, no es más que un medio que sirve para garantizar derechos y libertades civiles, a cuarenta y tantos millones de seres humanos, y en UPyD somos muchos los que trabajamos para que un día podamos prescindir de ella, para que llegue el día en que el marco político más amplio, aquel que nos permita desarrollarnos más y mejor como personas libres e iguales, para convivir y trabajar en las mejores condiciones, aquel que sea el garante de nuestras libertades y derechos sea Europa y no España. La idea de España, parafraseando a Savater, a muchos nos la trae al pairo. Si a todos los convergentes, peneuvistas, abertzales y ezquerrorepublicanos les importara sus respectivos objetos de inspiración política, lo mismo a que a otros nos importa España, no tendríamos nada por lo que discutir. Por eso acusarnos de españolistas resulta ridículo y cuanto menos injusto. Y tampoco deberíamos quedarnos ahí, la abortada Constitución Europea, no es más que un paso intermedio, otra parada y fonda en el largo camino que nos ha de llevar como Humanidad a una organización política avanzada, en el que el único código ético que los seres humanos hemos sido capaces de generar, que no de aplicar, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sustente un marco legal internacional real de relaciones y normas jurídicas para todos.


En esta línea de pensamiento, ¿cómo podemos entender a los Laportas, Roviras, Ibarretxes, Quintanas, Ynestrillas o Díaz de Mera? Son la misma cosa. Son esos a los que se les eriza el pelo, a los que le corre cosquilleo de emoción por la columna vertebral cuando oyen las notas de un himno o ven ondear una bandera. Son esos capaces de interpretar la historia a su conveniencia, hacer lo imposible porque los niños, de los ámbitos territoriales donde ejercen su poder, o les gustaría ejercerlo, sean adoctrinados en el sentimiento nacional que a ellos les anima. Son esos que del idioma, la más compleja y bella expresión de una identidad cultural, pretenden hacer una herramienta de identidad política. Hay que ser ruin y mezquino para tirar de sentimientos para ganar elecciones, pero sobre todo es una muestra de escasez de ideas. Cuando se carece de argumentos racionales, nada mejor que potenciar los sentimientos nacionales.

Evidentemente nos los entendemos. En UPyD somos muchos los que ya hemos superado ese sentimiento. Nos erizan el pelo otras cosas, la justicia, la libertad, la razón, la ilustración, el humanismo, la cultura, el medio ambiente. Ese sentimiento colectivo que nos reafirma como miembros del mundo civilizado, el mundo que se encuentra en internet, el mundo que ha abolido la pena de muerte, el mundo que entiende que derechos como la educación o la sanidad deben ser garantizados por la Sociedad, y no pueden quedar al albur de la suerte, la capacidad de trabajo o la inteligencia de los padres, el mundo que sabe que el esfuerzo individual por la superación y el bienestar propio es el único motor de la economía, el mundo que sabe que ni el liberalismo salvaje ni el socialismo intervencionista, son soluciones por sí mismos a los problemas que plantea el desarrollo humano, el mundo que sabe que la fe es algo privado que merece todo el respeto y se debe vivir en el seno de las familias o la comunidad, pero que nunca ha de contagiar al Estado, al que sólo la racionalidad debe animar en su acción de gobierno.


Muchos sabemos que la política noble es aquella que tiene a las personas, a los ciudadanos como única preocupación; entendemos que no podemos hacer del territorio un hecho político; entendemos que el nacionalismo, ningún nacionalismo, es política, puede ser politiqueo, mercadeo de recursos públicos, pero política con mayúsculas no; entendemos que debemos combatir la idea de que los ciudadanos que viven en los territorios cuyo conjunto de habitantes más pagan, más tienen que recibir. Ni los territorios ni los pueblos pagan a Hacienda, lo hacen los individuos, las personas físicas y jurídicas, una a una. Las mismas razones que esgrime Cataluña para cambiar el modelo de financiación, pueden tener un día los barceloneses para reclamar ante la Generalitat un trato mejor que los del Maresme, que seguro aportan menos al arca común. Y después será la Asociación de Vecinos de Pedralbes ante el ayuntamiento, reclamando recibir mejor trato que los del Raval, que pagan menos. Y seguro que en Pedralbes hay "hechos diferenciales" bestiales con respecto al Raval.

Y lo que decimos en España ante la actitud de los nacionalistas internos, lo debemos decir en Europa ante los nacionalistas con Estado. La Europa del mercadeo comercial, la de los euroescépticos, no es la Europa que queremos muchas de las personas de UPyD. Creemos que trabajar por una Europa fuerte y sólida, en torno a valores y principios humanistas, es bueno para la Tierra. Es bueno dar ejemplo de civilización a los que se creen paladines de la libertad y siguen asesinando a los presos, a los que no respetan los derechos humanos en una base militar de una isla caribeña, y a los que no los han respetado nunca aunque crezcan al 7% y celebren olimpiadas, a los que gobiernan con el Corán, la Biblia o la Torah, en vez de con los Derechos Humanos, como referencia, y también, sin duda, muy bueno para esos bípedos que viven a sur de los Pirineos (perdón, creo que ya dije que iba a denominarlos españoles).

ACERCA DE LA LEALTAD

El Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua define la “lealtad” como el “Cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad y las del honor y hombría de bien”. La fidelidad a las personas o a las organizaciones es sin duda un atributo positivo, pero sólo lo es hasta el punto en que su cumplimiento no requiera sobrepasar ciertos límites.

Cuando Zapatero en la réplica a Rosa Díez en el pasado debate de investidura hizo referencia a la supuesta deslealtad de ésta hacia el partido que la vio nacer políticamente, obvió lo obvio. Claro que Rosa le ha sido desleal al PSOE, necesariamente había de ser así si quería seguir siendo leal a sí misma, si quería seguir siendo fiel a los principios y valores que hace muchos años la llevaron a esa organización. Rosa Díez no ha cambiado, dice lo mismo ahora que hace años, dice lo mismo en Madrid, que en Pamplona, ha sido el PSOE el que lo ha hecho, y muchos de sus antiguos compañeros los desleales, y no me refiero a los que disienten con ella en el fondo y en la forma, sino a los que piensan exactamente como ella, todos los que le mostraron en privado su apoyo, pero que son incapaces de retratarse y dar un paso al frente.

Este hecho nos debería llevar a realizar una reflexión. ¿Cuánto poder tiene una organización política sobre sus miembros, que es capaz de anular sus voluntades, de pervertir sus principios? ¿Cuántas razones habrán debido de buscar todos ellos en largas noches de insomnio para calmar sus conciencias? "Tiene razón pero se equivoca en la forma, ya llegarán tiempos mejores para cambiar la nefasta política de Zapatero sin debilitar a la organización"; "tiene mucho valor al dar el paso, pero sólo va a conseguir beneficiar a la derecha, y todo lo bueno que pueda conseguir, no merece la pena si la derecha gana"; "¿de qué sirve tener razón si el partido sale perdiendo?", "yo me iría con ella, posiblemente lo haré en el futuro, pero vamos a esperar a ver como se desarrollan las cosas, que si piso en falso, luego volver va a ser imposible"; "tiene mucho valor lo que ha hecho, pero yo ya me he ganado una posición en la política local, que me ha costado mucho, mi familia no tiene por que pagar el mantenimiento de mis principios, lo primero es lo primero"… Supongo que ésta y otras muchas ideas habrán pasado y seguirán pasando por la cabeza de muchos.

Pues efectivamente la organización tiene poder, el más importante quizá el poder de las sectas, el que acude a los sentimientos, a la emoción y no a la razón para desplegarse, el que transforma a los afiliados y militantes libres y reflexivos en fieles adeptos, en cofrades, en romeros, en forofos, el que acaba consiguiendo que sus miembros sientan a su partido como parte esencial de su experiencia vital, se es del PP o del PSOE como se es del Barça o del Madrid, del Oviedo o el Sporting, se cree en él como se cree en la virgen, y eso es para siempre, y está por encima de todo. Si los que mandan en el partido hacen algo que va contra sus ideales y principios, buscan la excusa para disculparlo, la del mal menor (por malo que sea siempre seria peor que ganaran los otros, ya pasará la racha, esta organización lleva un siglo viva, y lo seguirá estando cuando esto pase), la del bienpensado (quizá yo no tenga toda la información , dejemos mandar a los que mandan, que quizá yo no sepa lo que se cuece de verdad), la del disciplinado (yo no soy nadie para cuestionar las decisiones de la ejecutiva, ellos tienen la responsabilidad de acertar y equivocarse), la del que se autoengaña (yo estoy siendo muy crítico, tanto como ella, pero en la cocina, los trapos sucios se lavan en casa, ¡cómo se le ocurre hacer daño a nuestro partido!…), y, entre otras, la del de la tradición y honor familiar, (yo me iría, pero qué pensaría mi padre, o sea la de los Redondos y Gallardones). De este poder sin duda alguna hace mucha mayor gala el PSOE que el PP, y es que la historia de cada uno y las redes sociales tejidas por uno y otro a lo largo de los años son muy distintas.

En un segundo nivel, que afecta por igual al PSOE como al PP, está el poder material, el alimenticio diría yo, y es que hay mucha gente a la que dar de comer, y a todos nos han enseñado que con las cosas de comer no se juega. Hay que estar loco para poner en riesgo el cargo, la influencia conseguida tras largos años de compadreos en los pasillos, lealtades personales demostradas, los sapos tragados… La familia es lo primero, y los hijos no tienen porqué pagar el mantenimiento de los principios de los padres, y los treinta y tantos amigos y familiares que he colocado donde he podido tampoco, además, con lo bien que dan de comer los contratistas, lo bueno que está ese vino de setenta euros, lo cómodo que es el coche nuevo, y lo bien que me defiendo de la prensa, que me comen en la mano, con lo que me ha costado, ¿ahora lo voy a tirar todo por la borda por los principios, por el interés general?, ¡anda y que le den por saco al interés general!. En fin, que como ha dicho Rosa en muchas ocasiones, el que no ha hecho nada en la vida antes de la política y es cooptado por ésta, tiene muy difícil irse, y es capaz de matar a su madre por quedarse, y si hay que decir que donde dije diego digo digo, se dice y punto, que no será el primero que lo hace, y nadie los va a tildar de indignos.

El resultado de todo esto es simple: el sistema democrático que nos hemos dado, es imperfecto, es muy imperfecto, el interés general, la ideología, el sentido común, lo bueno para los ciudadanos, queda supeditado a lo que convenga al partido. El partido es lo primero, lo segundo y lo tercero, porque así lo sienten nuestros políticos y porque lo necesitan.

Pero la lealtad es otra cosa, lealtad a uno mismo, a lo que uno siempre ha defendido, a los derechos fundamentales, a los principios y valores morales, de esos leales hay pocos, y Rosa Díez, señor Rodríguez, ha demostrado serlo más que nadie. Estoy convencido de que, a diferencia de otros, duerme muy tranquila, sin ningún cargo de conciencia. (¿que eso que es?, otro día lo explicamos) .

jueves, 24 de enero de 2008

EL ESPACIO DE UNION, PROGRESO Y DEMOCRACIA

Un análisis de nuestros políticos, sus propuestas, los partidos, sus usos y costumbres, nos debería llevar a la conclusión de que nos los hay malos ni buenos completamente, pero que casi todos forman parte de una clase, la política, que ha sabido adaptarse al sistema democrático que todos nos hemos dado, generando un círculo de interdependencia que a ellos les funciona, y en el que el bien común y el interés general, no negando que pueda estar entre sus fines, no siempre fundamentan la naturaleza de sus decisiones. La democracia se ha convertido en una partidocracia. Los partidos funcionan internamente como un régimen feudal, donde los nobles señores (o sea ejecutivas), garantizan tierras (o sea cargos), a aquellos que le rinden pleitesía y les propician riquezas (o sea votos), en sus respectivos territorios. Y este es un modelo en cascada que más o menos funciona. En la política y la administración, a diferencia de en la empresa privada, un verdadero necio o cretino puede gozar de puesto de responsabilidad, pues no es el mérito propio o la capacidad personal, sino la capacidad de adaptación al sistema referido, el factor que permite prosperar.
Ante este panorama surge una cuestión: ¿un partido que pretenda una cosa distinta como UPyD tiene opciones reales? Es razonable un cierto escepticismo. ¿Cómo evitar que piensen que se trate de políticos profesionales, o sea señores desposeídos de sus tierras, que buscan nuevos territorios para seguir haciendo lo mismo? ¿Realmente se trata de un intento serio de abrir la ventana y dejar entrar aire fresco a nuestra democracia?

Con respecto a la ideología es un acierto negar la etiqueta: renunciar a denominarnos de izquierdas, derechas o centro es revolucionario. La lectura del manifiesto fundacional nos permite sentirnos representados a un amplio espectro de ciudadanos. No en todos los aspectos, ni en las prioridades, pero si en la esencia. Un progresismo avanzado, donde caben liberales y socialdemócratas, donde no caben conservadores, ni nacionalistas, ni socialistas del siglo pasado. Buena parte de su manifiesto se apoya en ideas que encontramos en otros partidos: cortar las pretensiones nacionalistas y no dar tregua al chantaje de ETA ya lo dice el PP, de progresismo y de laicismo ya habla el PSOE, y ambos lo hacen desde tribunas más altas. ¿Dónde está pues la novedad? Sólo dos ideas nuevas: la primera es la de hacer coexistir estas posiciones, sólo aparentemente enfrentadas, en la misma organización. La segunda, es la de pretender mejorar la democracia, revisar la ley electoral, darle el mismo valor al voto del ciudadano con independencia del factor territorial, abrir las listas, revisar los sistemas de financiación de los partidos, las relaciones de éstos con las fuerzas económicas y de opinión, la independencia del poder judicial, las compraventas de influencias y todo lo que corrompe el sistema: regenerar en definitiva la vida democrática.

Cinco mil afiliados en algo más de dos meses, organizaciones activas en todas las provincias. El convencimiento cierto de que al explicarnos encontramos más simpatías que rechazo (salvando los talibanes de uno y otro lado, aquellos que son del partido como pueden ser del Madrid, el Betis, el Paula o la Macarena, y lo serán siempre e irreflexivamente, y aquellos que reflexivamente no coinciden con la base ideológica), el tener la seguridad de que el resto, los votantes del PP menos conservadores, los votantes del PSOE libres y reflexivos, y la gran mayoría de desencantados y asqueados de la política, pueden encontrar en UPD un partido que realmente los represente.

Es normal que estén muy preocupados. Tienen muchas razones para temernos, muchos estómagos que alimentar y muchos favores que pagar... No pueden permitir que se joda el invento. El riesgo de acabar siendo uno más, y asumiendo las ventajas del sistema es grande. A fin de cuentas acabará profesionalizándose la política entre nuestras filas. Si alcanzamos una cierta cuota de poder habrá que ver en qué se traduce eso de que la política es el arte de lo posible, y de a qué estamos dispuestos a renunciar por conservar la posición. Preocuparnos por esta posibilidad ahora no tiene sentido, en estos momentos lo que tenemos que hacer es ocuparnos, ocuparnos de cambiar el sistema, y no perder el entusiasmo en el empeño.