viernes, 28 de noviembre de 2014

EL PUEBLO ENFERMO. Cuento para niños o españoles de cualquier edad.

Érase una vez un hermoso pueblo entre las montañas y el mar. Era un pueblo muy rico, la naturaleza había sido muy generosa, le había regalado un excelente clima, un suelo fértil y grandes recursos naturales. Solo tenía un problema, sus habitantes tenían muy mala salud. Siempre había sido así, hasta donde la memoria de los más viejos alcanzaba, esta situación se remontaba al inicio de los tiempos.



En el pueblo había varios doctores en medicina, pero eran dos, don Ernesto y don Honorato, los que contaban con la confianza de la mayoría de los pacientes. Ambos eran médicos veteranos, tenían sus consultas en la calle principal y no escatimaban en atractivos carteles y señuelos para que la gente entrara a la suya. Regalaban caramelos a los niños y hacían obsequios a sus padres, sabían agasajar a su enferma clientela. El hecho cierto de que no conseguieran dar con la cura a los males de sus vecinos no parecía hacer mella en la fe ciega que éstos tenían depositada en ellos.

Don Honorato solía recetar unas pastillas azules que el mismo fabricaba. Don Ernesto hacia lo propio, pero sus pastillas eran rojas. Resultaba curioso ver a los vecinos en la plaza discutiendo sobre cuál de las dos pastillas era mejor mientras tosían y se retorcían de dolor.

Don Honorato y don Ernesto mantenían a los ojos de sus vecinos una pésima relación. Contaban los mayores que venía de familia. Sus padres, cuando ellos eran niños, habían tenido una gran pelea en la que el de don Ernesto había salido muy mal parado. Aunque ellos no habían tenido nada que ver, muchos en el pueblo seguían recordándoles el episodio y no perdían ocasión para azuzarles. Verlos discutir se había convertido en una afición para mucha gente en el pueblo. El espectáculo de los dos médicos enzarzados en continuas disputas era un entretenimiento que de alguna forma les aliviaba y hacía olvidar sus males. A nadie escapaba que ambos tenían que luchar por su clientela, a fin de cuentas los dos se jugaban sus garbanzos. Habían gastado mucho en esas lustrosas placas doradas de las puertas, en espaciosos y luminosos locales en la mejor calle del pueblo, habían contratado a demasiadas y buenas enfermeras, y ambos habían tenido muchísimos hijos vagos y lerdos, por lo que no sólo tenían que luchar por su supervivencia sino por mantener a todos los que de ellos dependían.

La gente del pueblo tenía muy mala salud pero lo cierto es que a ellos poco les preocupaba. Mientras siguieran comprándoles sus pastillas rojas y azules les iba bien. Poco importaba que tosieran, sufrieran y los dolores no les dejaran vivir si siempre acababan entrando a por pastillas.

Algunas noches, cuando ambos cerraban sus negocios y se encontraban en la calle en la oscuridad, lejos de las miradas de los vecinos, solían hablar mientras caminaban hacia sus mansiones. En estos momentos no necesitan disimular. Había entre ellos cierta complicidad, incluso se tuteaban.

- ¿Qué tal, Honorato, como ha ido el día?
- No me puedo quejar, Ernesto, aunque veo que tú tampoco. Menuda cola has tenido toda la tarde en la puerta.
- Ja, ja, ja. Pues si, no ha sido mala la tarde. Por cierto, ¿entramos un momento en el bar de Blas a tomar un vino? Quiero comentarte una cosa.
- ¿En lo de Blas? ¿Quieres que nos vea todo el mundo? No pienso dejarme ver con un matasanos vendedor de pastillas rojas delante de todos. Uno tiene principios y una imagen que  conservar...
- Déjate de tonterías, Honorato, además, si eso es lo que te preocupas no temas, entraremos por la puerta de atrás. Blas tiene un pequeño reservado donde podemos estar solos. Ese viejo sabe ser discreto.
- Bien importante será lo que tienes que decirme. No me fío un pelo.

Golpearon la puerta de la cocina, y Blas, tras ojear la mirilla les abrió. Sin abrir la boca les hizo pasar a una pequeña sala.

- Ustedes dirán, doctores.
- Tráenos un vino y algo de picar, Blas, y cierra la puerta, por favor.

Cuando se hubo ido, Don Honorato, algo más tranquilo espetó a Don Ernesto:

- Me tienes intrigado, suelta.
- Honorato, se oyen rumores que me tienen muy preocupado. Sabes que el loco de Arturo, el eremita de la cueva del barrio alto, lleva años diciendo que la enfermedad que sufre la gente la provoca el agua del río. Hasta aquí nada nuevo, pero ahora dice que el pueblo esta maldito y parece que cada vez hay más gente que le hace oídos. Esta consiguiendo que un buen número de personas del barrio alto se reúnan a la puerta de la cueva todas las tardes. Les dice que la solución a sus males es no mezclarse con los que viven al otro lado del río, huir del pueblo e irse a buscar otro lugar donde vivir.
- ¿Pues sabes que te digo? Que me importa bien poco. De ese barrio hace mucho tiempo que apenas tengo pacientes. Si dependiera de las pastillas que les vendo ya habría tenido que cerrar. Allí siempre han sido muy suyos. Siempre han preferido los conjuros del viejo. ¡Qué les vayan dando! Claro, que entiendo que tú si estés preocupado... Varias calles de ese barrio siempre han ido a por tus inútiles pastillas rojas. ¿Eso era todo?
- Ya veo que no podré contar contigo.., pero no, no era todo. ¿Sabes que el hijo de la vieja bruja, la chamana, el que se perdió en el bosque ha aparecido?
- Si, algo he oído.
- Muchos pacientes me han dicho que se ha subido a una piedra, y se ha puesto a pregonar las bondades de las hierbas de su madre. Mucha gente se está viendo atraída por sus encantos, incluso algunos de los que estaban en mi consulta han decidido dejar de esperar y se han marchado a por las hierbas.

Don Honorato frunció el ceño, pero no pudo evitar dejar escapar una sonrisa. Él sabía que el hijo de Erminia, la bruja, no había estado perdido en el monte. Había pasado unos años en el pueblo vecino, en el que habían echado a los médicos y un único chamán llevaba cuarenta años recetando ungüentos hechos con yerbas, lodos y gusanos a todos sus habitantes. El pueblo se había visto diezmado. Muchos habían muerto. No creía que ese niñito hubiera aprendido nada bueno, nada que pudiera ni por asomo igualar a sus pastillas azules. Estaba tranquilo, sabia que los pacientes de don Ernesto eran más promiscuos y quizá tuvieran la tentación de probar, pero los suyos, no. Sus pacientes estaban encantados con sus modernas instalaciones, la simpatía de sus enfermeras y sus lustrosas y brillantes pastillas azules.

- Pues tienes un problema, Ernesto, resuélvelo tú. Esa vieja loca con olor a pis de gato nunca me ha quitado el sueño, y no lo va a hacer su hijo. Yo tengo todo bien atado. Cuida a tu clientela, y mejora el color de tus pastillas. Algunas destiñen y sabes que en este pueblo la gente quiere pastillas rojas o pastillas azules, pero no pastillas desteñidas.

Don Honorato tenía parte de razón. Los brebajes que preparaba la vieja bruja Erminia nunca fueron solución a los males del pueblo, eran los mismos brebajes que habían matado a la mitad del pueblo vecino y los que acabaron con la salud de toda la comarca hacia décadas. Lo que había empezado a vender el jovenzuelo no era más que lo mismo. No había ninguna posibilidad de que sirvieran para nada. Si la gente se iba en masa y hacia círculos en torno a la piedra donde pregonaba el nuevo charlatán, ya se cansarían, si compraban los tarros con las repugantes mezclas que preparaba, ya se darían cuenta, si sobrevivían, que no eran buen remedio.

A don Honorato quién realmente le preocupaba era Andrés.

Andrés era un joven doctor que había estudiado en las mejores universidades, había recorrido mundo y hacia unos años había vuelto a su pueblo a abrir una consulta. Lo que más le preocupaba de Andrés era su obstinación. Aunque había conseguido que el Alcalde no le diera los permisos para abrir en la calle mayor, Andres no tiró la toalla y logró reunir lo suficiente para alquilar una pequeña habitación en una de las peores calles del pueblo, donde recibía a todo el que se tomaba la molestia de llegar. Don Honorato se había encargado, tras acordarlo con don Ernesto, de sembrar entre los vecinos bulos y mentiras en torno al joven médico, ambos habían conseguido que el pregonero, tras hacerle un regalo que les costó un riñón, no hablara nunca  de él, lo ignorara, por lo que eran pocos en el pueblo los que sabían de su existencia. Además se daba otra circunstancia que favorecía a los dos viejos matasanos: Andrés no era un médico barato. Se había hecho traer del extranjero extraños y modernos instrumentos con los que estudiaba cada caso. Además él no vendía pastillas de un solo color, de hecho tenía muchas pastillas y de muchos colores, algunas, de color magenta, que elaboraba él, y otras que traía de otros pueblos siempre que hubieran sido probadas con éxito.

Lo que don Honorato y don Ernesto no sabían es que Andrés habia descubierto que las dos pastillas, las azules y las rojas, eran las mismas. Lo sospechó el día que vio a ambos viejos comprando pastillas blancas a un chino vendedor ambulante que las traía en su carreta cada primavera, pero no tuvo ninguna duda cuando mirando una madrugada por el ventanuco de la farmacia vio a ambos pintándolas a escondidas, cada uno de su color, mientras reían y disfrutaban de vino y las mejores viandas.

Solo era cuestión de tiempo que los vecinos acabaran encontrando el remedio a sus males y recuperarán la salud perdida. Andrés era paciente y obstinado, y sobre todo era un buen médico.